Cuidado con el escepticismo o el dogmatismo
El
escepticismo como el dogmatismo no son sólo posiciones irreconciliables sino
peligrosas y poco prácticas para caracterizar nuestra visión personal de la
vida y relacionarnos con los demás. Cuando nos dejamos llevar del primero no
creemos en nada y desconfiamos de todas las personas. Nos volvemos tan
cuidadosos y selectivos que terminamos cayendo en el inmenso mundo de la
vanidad y la arrogancia. Sólo lo nuestro tiene valor y nadie es digno de estar
a nuestro lado.

Sin
embargo, el desarrollo de la vida cotidiana nos demuestra que cualquiera de las
dos posiciones alimenta prejuicios e insatisfacciones que conducen a la
desgracia permanente. El proceso de moralización o perfección del ser humano y
que debe culminar en la formación la persona digna y valiosa se estanca y en
muchas ocasiones se entorpece. Así negamos nuestra condición de personas
racionales y libres bajo el imperio de las leyes éticas.
Una
salida más adecuada es vencer el yo egoísta para buscar la madurez que confiere
la confrontación de ideas. De ese enfrentamiento racional brotarán la luz de la
conciencia y el pleno goce de la libertad. Siempre debemos esforzarnos por
hacer que el amor y la verdad no caigan en la mezquindad que es su enemiga
natural. Con esta práctica habitual llegaremos a relaciones de persona a
persona, es decir, relaciones rodeadas del más profundo respeto y comprensión a
la dignidad humana.
Debe
ser idea rectora de la vida diaria que la superioridad humana no radica en su
naturaleza biológica sino en el cultivo de su mente y la brillantez de su
moral. Sólo los seres inteligentes y libres de prejuicios se desarrollan como
individuos en el ejercicio de la felicidad y son capaces de transformar la
sociedad con sus buenas acciones e ideas.
Si
tenemos en cuenta este ideal de persona humana llegaremos a la síntesis del ser
antropológico y descubriremos que esa es la verdadera voluntad de Dios que nos
llamó a la perfección.
Sin
saber cómo,
y gracias a esa libertad interior, podríamos hacer precisamente lo que pensábamos y comenzar a disfrutarlo como quien escucha
la suave y acertada voz del corazón que interroga: ¿Y ahora qué piensas de
aquello que decías que jamás harías?
Cuando estamos dispuestos a escuchar otras
ideas y conocer nuevas culturas y personas nos convenceremos de lo maravilloso
que es compartir, sentir, buscar el conocimiento y amar sin condiciones. Abramos nuestro
corazón y nuestra mente para que la magia de vivir realice el
milagro de encender la luz que nos guíe hacia un mundo feliz.
Gracias por difundirlo entre sus seguidores.
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