Interrogarnos debe ser una costumbre.
Cuando
observo a las personas que van por la calle me doy cuenta que son muchas las
que llevan demasiada prisa. Mas cuando a una de ellas le pregunto que hacia
dónde se dirige suelen titubear al darme una respuesta. Este hecho demuestra
que no saben su objetivo o que no se creen capaces de conseguirlo. En sus
palabras hay inseguridad y en sus acciones ligereza.

Saber
interrogarnos es todo un arte y dar la respuesta acertada es demostración de
gran sabiduría. Tomemos la pregunta: ¿Qué deseo yo de la vida?
Lo
primero que advierto es que la formulación de esta interrogante disminuye la
extensión de mis deseos y facilita la comprensión de la misión o vocación que
busco para mi existencia. Definir metas no sólo indica hacia dónde nos
dirigimos sino que también es una manera de evaluar si tenemos la preparación y
la constancia para conseguirlas.
La vida
como la guerra es asunto delicado y quien no toma en serio su existencia corre
el riesgo de vivir en la desgracia. Que nadie se embarque en la vida o en la
guerra sin la debida preparación porque el fracaso será rotundo. Y esto mismo debemos aplicar a todos los
proyectos humanos si deseamos salir victoriosos.
Sin
interrogarnos dejamos la vida en manos del azar y las probabilidades de triunfo
son escasas. No basta con llegar a un
destino planeado con anterioridad si no tenemos la certeza de saber obrar
correctamente en ese lugar. Es como quien llega a una gran metrópoli pero tal
es su ignorancia que no puede moverse porque el temor a perderse no le permite
caminar.
La
pregunta también me señala un concepto que puede servir de faro o fundamento de
lo que deseo obtener de la vida. Si todos los días reflexiono sobre esa idea
con el tiempo comenzará a ser evidente y al conseguirlo se transformará en
fuente de energía para alimentar la perseverancia necesaria para conseguir
cualquier meta.
Para
nadie es un secreto que la vida tiene épocas difíciles y sólo la claridad en
los objetivos puede evitar el desgano que produce la presencia de los
obstáculos.
Si en
verdad nos hemos preparado podremos hallar de manera rápida, sencilla y precisa
la solución que los problemas requieran. El estudio, además de vencer la
ignorancia, nos da las llaves del futuro próspero.
Pero
que esa prosperidad no sea la exclusiva posesión del dinero porque éste no es
un fin de la existencia sino un medio de pago en el mundo de los negocios.
Grave equivocación sería hacer girar la vida nuestra y ajena en torno a la
codicia. Aferrarse a la noción de la felicidad a costa de dinero es un
espejismo peligroso.
Richard Bach en su libro The Bridge Across Forever expresó: “Manejar grandes cantidades de
dinero es como manejar una espada de vidrio, con la hoja por delante. Lo mejor
que puede hacer, señor, es usarla con mucho cuidado, muy despacio, mientras
trata de descubrir para que sirve.”
La
posesión de la riqueza no asegura la dicha porque el gozo del espíritu no se
halla en la vida material sino en la sabia aspiración a los ideales nobles y
sublimes. Con el paso y peso de los años comprenderemos que la felicidad es la
consecuencia de una existencia humana con propósito y sentido. El propósito ha
de ser el servicio a nuestros hermanos y el sentido, el encuentro definitivo
con Dios.
Así
entenderemos que en la alegría del triunfo pasajero no se nos debe olvidar que
la muerte agazapada nos espera al final o en un recodo del camino.
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