El gato que se enamoró de la luna (Segunda edición)
🐱 Capítulo 1: Un gato de alcurnia y abolengo
Nacer en una
biblioteca no es común. Y mucho menos hacerlo bajo el fulgor de un cometa
errante. Pero así llegó al mundo Bastet, en una noche silenciosa donde los
libros dormían abiertos y el viento recitaba estrofas olvidadas. Ese santuario
de papel y sabiduría era el escenario ideal para una criatura destinada a lo
extraordinario.
La biblioteca
no era silenciosa por aburrida, sino por respeto. En sus estanterías, los
héroes aguardaban a ser despertados, los monstruos susurraban desde las
sombras, y los sueños se derramaban entre letras. Allí, cada página era un
portal, cada palabra una llave.
🧀 Entre esos cofres del saber, los
ratones sabían dónde encontrar el queso, y las gatas —sabias, silenciosas—
sabían dónde dar a luz. Fue entre montañas de libros viejos donde Bastet vio la
primera luz, envuelta en el aroma a papel añejo y tinta fresca. Su madre, una
gata de pelaje tricolor y ojos como luciérnagas, la lamía con ternura mientras
afuera la luna nueva apenas se insinuaba.
📿 Bastet no era cualquier minina. En su
cuello colgaba un medallón de bronce envejecido. Dentro, un nombre grabado con
elegancia ancestral: Bastet. Como la diosa egipcia guardiana del hogar,
protectora de secretos y reveladora de misterios. Quien abrió aquel relicario
fue la mujer de los lunares, vestida con su falda blanca salpicada de rojos. La
misma que cuidaba la biblioteca como si fuera una nave espacial de sabiduría.
La mujer no
tuvo hijos, pero al descubrir a Bastet mojada por la lluvia, con las patas
embarradas y la mirada que pedía ser reconocida —no rescatada—, supo que
aquella gata no era visitante: era herencia.
Desde entonces,
Bastet se convirtió en centinela. Paseaba entre los tomos con la solemnidad de
una reina antigua. Se detenía frente a libros que pronto serían descubiertos
por algún niño curioso. Se acurrucaba sobre volúmenes cerrados, como si supiera
que sólo así revelarían su contenido.
👧 Los niños la adoraban. La buscaban
entre los estantes y decían que, si la seguías, encontrarías justo el libro que
necesitabas sin saberlo. Porque Bastet no sólo sabía de poesía o novelas,
también comprendía lágrimas humanas y risas inesperadas.
🌠 Era el tiempo del cometa, tiempo de
cambios y mutaciones. Los adultos ya no leían: se reían con frases cortas en
pantallas brillantes. Pero los niños —rebeldes y soñadores— preferían los
libros. Desobedecían a quienes les decían que todo estaba “en la nube”, y
buscaban las respuestas en papel y tinta.
Porque ellos
sabían lo que el mundo olvidó: que los libros no solo contienen saber, sino
también alma. Bastet, la gata que nació bajo un cometa, los acompañaba en ese
descubrimiento.
Mientras la luna nueva trazaba su curva
de nácar sobre los tejados, Bastet se detuvo frente a un libro encuadernado en
terciopelo azul. No lo abrió. No era necesario. Sabía que esa historia, aún
dormida, empezaría a latir muy pronto. Porque toda revelación comienza con un
susurro. Y ella estaba lista para escucharlo.

Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por su comentario