Oración del día


 

6 de marzo de 2023

Padre celestial:

 Gracias por este bello amanecer y la brisa que acaricia los árboles y mi rostro. Gracias por enviar sobre nosotros el Espíritu Santo. El día de Pentecostés el Espíritu Santo vino, según la promesa de Jesús, sobre la Iglesia naciente; de esta manera, ella llegó a ser "morada de Dios en el Espíritu". Pero lo más importante es que el Espíritu Santo igualmente hace su morada en cada persona que acepta el Evangelio. (2 Timoteo 1:14 y 1 Corintios 6:19). Estas dos moradas, aunque muy unidas, deben distinguirse bien. Los dones que nos otorga el Espíritu deben ser valorados y cada día perfeccionados con nuestro proceder. No obstante, las bendiciones para la Iglesia conducen a un terreno más elevado: el del cuerpo místico de Cristo, el de la unión de los bautizados con Cristo y entre todos nosotros con vínculos de amor verdadero. El Espíritu nos da unidad: "Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados... y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu" (1 Corintios 12:13). El Espíritu impulsa la armonía del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:11). Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu. (Efesios 2:20-22) En particular, Él promueve la comunión entre los santos (Filipenses 2:1) y fomenta el amor cristiano que es la base de todo servicio (2 Timoteo 1:7). Después de haber expuesto las ventajas de este amor fraterno manifestado por la liberalidad entre los discípulos de Jesús, el apóstol Pablo exclama: "¡Gracias a Dios por su don inefable!" (2 Corintios 9:14-15). Ese don inefable es el Señor Jesús, pero también lo es el Espíritu Santo para cada seguidor del Evangelio que confirma su fe y para la Iglesia, una "superabundante gracia de Dios", de la que somos beneficiarios los que aceptamos seguir a Jesús.

Pidamos hoy al Padre celestial que derrame sobre nosotros los dones de su Espíritu y nos dé la fortaleza para cargar nuestra cruz y seguir a Jesús, su Hijo amado. Amén.  

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