Los gobiernos se preguntan

Hechos, más que argumentos, prueban lo anterior.
Basta mirar las reformas pensionales, que sobre la mesa de negociación, constituyen
una de las manzanas de la discordia en varios países. Los bancos, propietarios
de los fondos pensionales, exprimen los ahorros de los trabajadores y a ellos
sólo les ofrecen gotas de sudor para que bañen sus años dorados.
Con el afán de lucro del capitalismo el salario mínimo legal degüella cada
día más personas con la inanición a las que las obliga. Para disimular se
subsidia con alimentos a los niños que asisten a las escuelas para que no se
desmayen de hambre sobre los pupitres.
Ante la falta de empleo crece el crimen organizado. Las calles y parques
son propiedad de los delincuentes y el que se atreve a cruzar por tales
escenarios tiene que pagar hasta con la vida. Lo cruel de esta verdad es que el
Estado nunca podrá contrarrestar esta cizaña que poco a poco ahoga todo el
trigal.
Con la inseguridad reinante las enfermedades mentales aumenta y los que
no tienen el valor de robar para sobrevivir toman el camino hacia el suicidio
ante la desesperación de verse desposeídos por aquellos rapaces que todo lo
quieren acumular en sus arcas familiares y bancarias.
La escuela, a pesar de sus esfuerzos, no logra enseñar los valores que
dignifican la vida de los seres humanos y cada día, en la misma cuna donde
antes sonreía la ternura, se presentan tiroteos, riñas y depresiones tempranas
que conducen a la muerte de la primavera humana.
En lugar de sembrar en niños y jóvenes el amor al conocimiento, la
escuela tiene que despertar de las pesadillas a los que cambiaron sus libros por
dosis personales de narcóticos para evadir la realidad que los cercena y tortura.
En las iglesias, donde antes Dios se hallaba, ahora proliferan pastores
que abusan de la buena fe y la piedad de sus feligreses. Cada día los noticieros
muestran lobos con caras de ovejas que enajenaron a Dios convirtiéndolo en
mercancía fetiche y cuyas vidas son más
ejemplo de depravación que de santidad.
Las familias se hicieron disfuncionales, monoparentales y monosexuales.
Los niños ante el panorama abren sus ojos y no hallan el amor que los impulse a
crecer como ciudadanos sanos que puedan disfrutar de las bondades de la vida.
Y esta caterva de tumores malignos que prolifera en la sociedad tiene
como causa primera la corrupción que impide que los recursos procedentes de los
impuestos se destine a la formación de ciudadanos respetuosos de las instituciones
y amantes del trabajo honrado y solidario, fundamento del bienestar social. Claro
que no se debe ignorar que la causa eficiente del caos que respiramos es el
egoísmo humano.
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