¿De qué sirve la experiencia?
De los
empiristas aprendimos que la experiencia es fuente de conocimiento, pero para
muchos también de ella proceden las tristezas y las culpas que impiden que alcancemos
la felicidad a la cual fuimos llamados. Para ellos su pasado carece de valor y de
todas las lecciones que la vida les ha dado, nada han aprendido.

No es
conveniente restar importancia al pasado y evadir las
explicaciones que las vivencias de los días anteriores brindan. Es mejor leer la
historia personal con sentido crítico y reconocer nuestros errores para enmendarlos
en el menor tiempo posible. No alimentemos culpas pensando que deberíamos haber
sabido cómo evitarlos o que habríamos podido obrar sin precipitación. Nadie puede
cambiar los hechos del día anterior.
Lo que nos permite ver con claridad es el
ayer cargado de experiencias y lo que hemos aprendido de ellas nos da seguridad
al caminar por los caminos sinuosos y angostos de la vida. Las experiencias, de
las cuales nos lamentamos, en algunas ocasiones resultan ser las que nos
permiten una visión tan clara que ante los peligros podemos sonreír sin temores.
Si valoramos
lo aprendido nos daremos cuenta que cada lección llevó a la
siguiente. Cada persona y cada hecho compartido con ella aportaron a lo que hoy
somos. Fueron las personas y sus acontecimientos los que nos ayudaron a abrir nuestro
corazón a la vida, al amor, a la comunidad, a Dios y porque no decirlo con
sinceridad, a nosotros mismos. Incluso esas experiencias que consideramos equivocadas
contribuyeron de manera singular e im portante para crear en nosotros los conceptos que hoy nos permiten analizar y
planear el porvenir.
En algunas ocasiones esas vivencias en compañía
de otros dieron oportunidades importantes para desarrollar sentimientos y
valores que facilitaron la comprensión de los demás. En los sucesos dolorosos
de la vida aprendimos a descubrir cómo ofrecerles a los demás unas palabras de
consuelo y un mensaje de esperanza. El pasado que dejamos atrás nos enseñó a
amar a los demás y a nosotros mismos.
No temamos reunir experiencias propias y ajenas para analizar y
valorar. Démonos la oportunidad
de vivir en el recuerdo todas nuestras experiencias. No seamos duros en los
juicios que hagamos de ellas o de las personas que las propiciaron. No nos
limitemos a buscar sólo los errores en las experiencias que hayamos o hayan
tenido. No pasemos por alto que muchas fueron necesarias e importantes y nos ayudaron
a moldear nuestra personalidad.
Permitamos que la razón y el corazón nos
señalen el camino y vayamos con paso firme sin desconfiar de lo que hemos
aprendido. Venzamos la preocupación y no temamos salirnos del camino. No rumiemos
frustraciones ni equivocaciones y avancemos con la seguridad que dan los años
cargados de experiencias. Reunámonos
entre amigos y familiares a recordar experiencias y a reírnos un poco al
regresar al pasado para revivirlas. Seguramente descubramos el tesoro que
encierra cada una de ellas. Al escuchar a los demás su historia, de repente
descubramos esa verdad que andamos buscando. Abramos el corazón y compartamos la alegría de este día que es una bella oportunidad de ser instrumentos del
amor divino en el servicio y la sonrisa que brindemos a los demás.
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